
EL DÍA DE LA MADRE ES CADA DÍA
No importa si tu madre está viva o ya no.
Tampoco importa cómo es —o era— vuestra relación.
Hoy quiero darle a esa mujer la importancia que tiene: si no es por ella y por tu padre, no estarías aquí. Punto.
Te guste o no. La quieras o no. Incluso aunque no la hayas conocido, ella es la mujer más relevante de tu vida, pues sin ella no estarías aquí.
Poco importa si eras un bebé deseado o no, si te esperaban o llegaste por sorpresa. Eso influye en tu vida, evidentemente; sin embargo, agradecer la vida es algo que va a ayudarte desde el mismo instante en que pronuncies esas palabras.
Di en voz alta: Gracias por la vida.
Di: Gracias a ti, a vosotros, estoy aquí para seguir evolucionando, aprendiendo y disfrutando.
Puede que seas de esas personas que han tenido una infancia muy complicada, por no decir algo más fuerte. Tal vez crees que no tuviste suerte con los padres que te tocaron. Es posible que no hayas recibido su amor o, peor aún, que hayas sentido su desprecio o su rechazo.
Muchos seres humanos se han criado así. Unos han seguido viviendo como víctimas y otros han trascendido ese pasado, siendo ahora adultos en pie y, muchos de ellos, padres y madres excelentes.
Entonces, si conozco las consecuencias que el desamor o la ausencia tienen, ¿cómo puedo invitarte a darles las gracias? Pues porque es bueno para ti. Lo he comprobado. Funciona. Pero no me hagas caso —¿qué sabré yo?—, solo pruébalo.
Venga, no te distraigas. Si quieres mejorar tu vida, ahora es un buen momento. Nunca es tarde. Di en voz alta: Gracias por la vida. Me diste lo que pudiste darme. Ahora yo haré algo bueno con ello.
Si puedes, haz una leve inclinación como gesto de respeto y honra.
Siéntelo. Respira. Deja que resuenen estas palabras en tu corazón. Permite que vengan pensamientos o recuerdos. Repítete: “Gracias a ti estoy en la vida“.
¿Por qué te tocó una mamá así? No lo sé, pero sí sé una cosa: esta mamá, esta familia, te han permitido llegar al mundo y crecer —física, emocional y espiritualmente—.
A continuación, te describo varios casos ficticios, pero inspirados en situaciones reales, para que puedas entender por qué suceden las cosas y por qué viniste al mundo en ese momento y en ese lugar.
- Cuando pregunto a los maestros espirituales por qué una pareja tiene un hijo, me dan múltiples razones. ¿Qué razones hay para que se permita la llegada de un alma si sus padres no quieren —o dicen que no quieren—?
Quizá los padres, o uno de ellos, tengan que aprender a poner límites. Tal vez ambos deban aprender a colaborar, a ayudarse, a apoyarse.
Si buscamos la causa en vidas anteriores, a veces las parejas sacrificaron un hijo ya nacido o abortaron y ahora, quieran o no conscientemente, “deben” traer una vida al mundo y cuidarla.
¡Cuántas veces tener un hijo ha justificado la unión de una pareja que no era aceptada por la familia! Llega ese hijo para unirlos a todos, no para separarlos.
Y también, ¿en cuántas ocasiones una persona intenta mantener una relación, una situación social u otros intereses a través de un nacimiento? ¿Cuántas veces un bebé ha facilitado una ruptura o la adquisición de bienes o posición social?
¿De verdad ninguno de los dos progenitores deseaba que pasara esto? En el pasado, la anticoncepción era un tema tabú, pero hoy en día que un adulto alegue desconocer los métodos de control de la natalidad no resulta muy creíble. Por tanto, no siempre nos han contado la verdad.
Y, además, si la vida llega es por deseo de la Fuente, del amor universal. Estás aquí porque debes estar aquí.
- Cuando ha habido una muerte en la familia y, al poco tiempo, llega un bebé, la alegría y el dolor se mezclan constantemente.
Si ha muerto un bebé y enseguida llega otro, lo hará en una fase de duelo. ¿Habrá alegría en esa casa? Puede que sí. ¿Y sentimientos de culpa, reproches o miedos? Muy probablemente también.
¿Entiendes ahora por qué muchos padres, y especialmente madres, no pueden dar todo el amor al nuevo hijo? Basta con ponerse en su lugar y sentir el miedo a que la historia se repita. Algunas personas llegan a pensar que, “para no sufrir, es mejor no amar”.
- Termino con otro ejemplo. Si miras la historia de la humanidad, verás lo importante que ha sido tener hijos: para aportar mano de obra, para heredar el apellido y las propiedades o para servir a Dios.
En tiempos no tan lejanos, muchas mujeres eran rechazadas si no eran fértiles o si no lograban casarse, y eso podía llevarlas a situaciones extremas. Tener hijos era casi obligatorio, aunque no los quisieras. ¿Lo entiendes mejor ahora?

Tu madre y tu padre lo hicieron lo mejor que supieron.
Si tenían un hijo enfermo, se volcaban en él. O, en ocasiones, desatendían a unos para cuidar a los más fuertes, como ocurre en la naturaleza. ¿Es bueno o malo? Yo no lo voy a juzgar; solo te invito a comprenderlo desde la empatía.
Si fueron padres muy jóvenes, comprende su inmadurez. Si ya tenían varios hijos, comprende su agobio. Si estaban cuidando a alguien enfermo, imagina su dolor y sus limitaciones.
Si no conoces las circunstancias de tu concepción, pide al cielo que te ayude a comprender que todo el mundo hace lo mejor que puede. Si ignoras tu historia, intenta imaginar qué pudo suceder.
Ahora vuelve al presente. Sea como sea, estás aquí por ellos. Puede que no quisieran que vinieras o no supieran amarte como necesitabas, pero tú sí puedes poner amor en tu historia.
Puedes mirar el pasado con amor y agradecer que has llegado hasta aquí. Si estás leyendo esto, tienes dentro la mitad de tu madre y la mitad de tu padre, con sus cualidades y sus talentos. Reconócelos. Vienen de tus ancestros.
Estás en este mundo porque tienes que estar: eres imprescindible.
Da las gracias a tus progenitores, como sean, y especialmente a tu madre. Una cosa es gestar y parir, y otra criar y amar… pero eso lo dejamos para otro día.
Feliz Día de la Madre a todos. Porque no todo el mundo tiene hijos, pero todo el mundo tiene madre.
